Relatos de enero: Mujer del verano

Mujer del verano

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Despierto desnuda y con resaca. No reconozco la habitación en la que me encuentro, pero sí al hombre que duerme a mi lado. No sé su nombre, o no lo recuerdo. Aunque sí el precioso Porsche rojo que condujimos anoche por la autopista, hablando de Christie, de Tolstoy, de Hemingway y de Lemaitre; compartiendo un Johnnie Walker[1] a morro.

No quiero despertarlo, se ha portado bien conmigo, pero me tiene bloqueada entre su cuerpo y la pared y se me empieza a hacer muy tarde a juzgar por el reloj que hay colgado junto a la puerta. Me pongo a horcajadas sobre él para pasar al otro lado. Un recuerdo fugaz de esa misma postura me dibuja una sonrisa y me tienta a despertarlo para una “rápida despedida”. Le doy un beso en el pecho antes de levantarme. Tiene un olor penetrante que me acompañará el resto del día, pues yo misma estoy impregnada en él. Sus facciones fuertes y duras son muy atractivas y su cuerpo ha sido machacado en el gimnasio, sin duda para superar la reciente crisis de los cuarenta. Aún tiene restos de mi pintalabios rojo en el cuello y el pecho. Levanto un poco la sábana que lo cubre de cadera para abajo. Sí, también ahí hay restos de mi pintalabios. Creo que le he dejado tan buen recuerdo como él a mí.

Recojo mi vestido de lunares del suelo y me lo pongo. Busco mis botas, pero no las veo por la habitación. ¿Dónde están? Miro debajo de la cama y del escritorio, detrás de la mesilla y en el alfeizar de la ventana, pero solo encuentro un calcetín enrollado y ceniza de cigarro. Eso hace que deje de preocuparme por mis botas. Abro el cajón superior de la mesilla que hay junto a la cama ¾escondite de cualquier fumador habitual¾ y rebusco entre su ropa interior hasta dar con una bolsa de tabaco de liar. En su interior hay papel, filtros y un mechero. Me siento frente al escritorio y me esmero en preparar un cigarrillo. No soy muy buena, siempre fumo de paquete, pero me tomo mi tiempo para hacerlo bien. Para cuando termino, mi amante empieza a revolverse, está despertando.

Cojo mi maleta en silencio, guardo el resto del tabaco y saco el pintalabios rojo que utilizo, aprovechando el reflejo de la pantalla apagada del ordenador. Me encanta cómo me queda este color. Me llevo el cigarrillo a los labios y me acerco a la cama. Echo un último vistazo a sus rasgos dormidos antes de dejar el cigarrillo sobre la mesilla. Tiene la marca de mis labios en el filtro. Es mi beso de despedida.

Me marcho sin mis botas. De todas formas siempre me ha gustado andar descalza. Iría incluso desnuda si la policía no fuera tan sensible con ese tema. El verano ha comenzado hace poco y queda mucho por disfrutar.

[1] Whisky escocés.

Este relato está inspirado en el poema de Bukowsky “Mujeres del verano”, con la intención de dar otro punto de vista y preguntar “¿Qué tiene de malo ser una mujer del verano?”.

LAS MUJERES DEL VERANO

Charles Bukowski.

Las mujeres del verano morirán como la rosa

y la mentira

las mujeres del verano amarán

siempre y cuando el precio

no sea eterno

las mujeres del verano

pueden amar a cualquiera;

incluso a ti

mientras dure el verano.

Pero también les

llegará el invierno

nieve blanca

y frío helado

y caras tan feas

que incluso la muerte

hará una mueca de horror

antes de

llevárselas.

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